13 jul. 2011

Messi, entre el fracaso y el deber cumplido.

Messi resucitó… dice la tapa de un diario que encuentro en un hotel donde estoy de paso, apenas profundizo en la nota me entero de que se trata de un titular extraído de un medio español, acto seguido me pregunto si en algún momento murió y yo no me enteré. Muerte, resurrección y por ende calvario, no son términos que pertenezcan al idioma del fútbol, pero parece que por estos lados si, donde todo se lleva al dramatismo extremo, donde Messi pasó a ser tema de discusión por todo, por su juego, su físico, su familia, su condición sexual, porque no canta el himno, por tantas cosas más, oí decir “que se vaya y no vuelva más” e imagino que en algún momento al pibe le pasó por la cabeza.

El tipo juega en un club donde todo está en su lugar, los inodoros en el baño, la tostadora en la cocina y la cama en la habitación, un entrenador por tiempo prolongado plasmando una idea y política de juego, una dirigencia destinada a conducir solo éxitos, una prensa que critica civilizadamente siempre y “un” hincha racional, eufórico pero protector y paternal en su trato con él por reconocerlo de la casa y asociarlo a esa figura que levanta tantas copas como torneos se disputan.

El tipo llega a la Argentina –donde no le sobran ganas de estar- y alguien le quiere dar una trompada, se suma a un equipo que no es tal, que espera de él la magia que suavice las aberraciones dirigenciales de estos tiempos, la tostadora está en el placard y juega con jugadores que para evitar note el cambio de hábitat intentan ser Xavi, Iniesta, Villa o Puyol, pero no lo son, el inodoro está en el living y la prensa olvida el descenso de River o declaraciones de la siempre impresentable Carrió contra algún político, el caso Shoklender y hasta la huelga de docentes en el sur, lo olvida todo por perseguir a Messi, es una persecución de la que él no puede escapar, porque lo enfocan lamentarse, apoyarse sobre sus rodillas, lo muestran angustiado, y así habrá más horas del tema Messi por vender, la gente grita que no es argentino, que es una mentira, pero nadie habla de Banega, que juega a los toquecitos intrascendentes, que la cama está en la cochera o que Tevez choca todo lo que se mueve en el campo, muy pocos hablan de la mesita de luz en el baño o que Lavezzi llama más la atención por sus tatuajes que por sus definiciones, que Milito solo jugó cinco partidos en los últimos tiempos y que el mediocampo solo cuenta con volantes capaces de trabajar por el centro aunque improvisados aparecen diseminados por distintos sectores, le pasó todo, hasta se debió bancar a Burdisso diciéndolo en Santa Fe “ponete las pilas pendejo”.

De pronto el incordio llamado selección llega a Córdoba, una noche algo fría, y al pibe puteado y descuartizado en la mesa de las dudas el público lo cobija, lo hace sentir propio, argentino, un ser solo preocupado por ganar un partido y ya no el encargado de cambios en la historia nacional , y a eso se le suma Gago y su buen pie para los pases de treinta metros, la presencia de Higuaín y un enérgico Agüero, pero no se trata de azar ni casualidad, los eligió un entrenador alejado de los compromisos marketineros, un entrenador por fin pensante por si mismo, abandonando aunque parcialmente su condición de marioneta de Grondona, y las situaciones de ofensiva se suceden y los goles aparecen y la taba cae del lado de la suerte, el rival no deja que la victoria tome vuelo, pero la victoria es realidad indesmentible. Y en pocas horas el pibe pasa a ser otra vez objeto de comparación con Maradona, es el mismo que estaba sentado en el umbral del inferno, es el mismo que ahora ríe revoleando las llaves del cielo, somos nosotros, no es él, el fútbol solo es el medio, es el camino por el que se toma para dividir aguas, para dramatizar y utilizar términos siniestros en un ámbito que no lo es, aunque de seguir así pronto lo será.

La victoria en Córdoba no es el final, porque no vamos a cambiar, esto recién comienza, vivimos así, y las crónicas de una no campeón Argentina están escritas y el título en rojo dice FRACASO, y otra con una historia triunfal apenas titulada “En cumplimiento del deber”.


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