8 ene. 2010

Nunca se fue.


El 8 de enero de 1995, en una ruta de su Santa Fe natal se apagaba Carlos Monzón, extraordinario ex campeón mundial mediano.
El Negro metió primera, aceleró el Renault 19 gris y sintió el gustito amargo del domingo que empezaba a acabarse. Atardecía y había que hacer 150 kilómetros para volver al Penal del barrio Las Flores en Santa Fe. El fin de semana en libertad en San Javier empezaba a ser historia. Por suerte faltaba poco. En 14 meses no iba a ver más a los ratis. Ya se había bancado cinco años en Batán y hacía dos que había vuelto al pago. Encima podía salir a enseñar boxeo y a varearse. Ni leer la Biblia le sacaba la mufa de pasar las noches en cana.

Se estaban por cumplir siete años de aquel amanecer de San Valentín de 1988 cuando se le fue la mano y Alicia Muñiz, la mamá de Maxi (su hijo menor, su tesoro), quedó como un muñeco de trapo en el jardín del chalet marplatense. Recordó la frase de su compadre Alain Delon ("¿Quién no le pegó alguna vez a una mujer?"), apechugó en silencio y no pidió piedad cuando la jueza cantó los 11 años de sentencia. Benvenuti, Bouttier, Valdez, justo los que sufrieron el poder de sus puños, fueron los primeros en sostener al colega caído en desgracia. Unos pocos -su hija Silvia, los viejos compinches del gimnasio- lo visitaron adentro. Los amigos del campeón se borraron rapidito.

Igual, sabía aguantar la mala. Inundaciones de pibe en el barrio Barranquitas, escuela breve, comer salteado, laburos sufridos y arreglárselas con los puños si pintaba bardo. Chúcaro, sólo Amílcar Brusa sabía manejarlo. Muchos años juntos, de la nada a reyes del mundo cuando durmió de un escopetazo al tano Benvenuti, aquel 7 de noviembre de 1970. Las tres veces que le faltó en el rincón, perdió. Por eso, si el grandote ordenaba, cortaba la joda, los fasos, el vino y se internaba como un monje en el gimnasio.

"Podría agarrar viaje e irme con el viejo a laburar a Colombia cuando pueda", pensaba mientras ponía el auto a 140. Ya no era un pibe: 52 pirulos, pero todavía tenía la facha y no muchos kilos más que los 72,5 de reglamento cuando no había mediano que le hiciera sombra. Sólo la mirada era otra. No era aquel rayo de hielo que paralizaba, era una mueca tristona que nada más se iluminaba pensando en la sonrisa de Maxi, ya un hombrecito de 13 años al que hacía mucho no veía. Con los rulos rubios de la madre, el pibe iba a ser un león. El Negro tenía miles de historias con minas. Pelusa -la única con libreta- fue la compañera cuando había poco en el plato. De campeón vinieron tantas. Rubias, su debilidad. Varías ignotas y otras carteludas como la Carrá, Ursula Andress, Susana...

Al Negro le gustaba el fierrito. Se había pegado un par de palos duros, pero no aprendía. "Media horita falta", pensó mientras en el asiento de al lado Gerónimo Mottura le daba lata con Colón para no pensar lo traicionero que era ese tramo de la Ruta Provincial 1. Carlos, fana sabalero, escuchaba al amigo al que había alentado desde la tribuna cuando se puso la rojinegra en los 60. Atrás, en otra, Alicia Fessia -su cuñada- completaba el pasaje.

Sólo 40 kilómetros para Santa Fe y el calor no aflojaba. Llegaban a la estancia Los Chinos. Carlos Roque Monzón apretó un poco más el acelerador. Sintió que el R19 mordía la banquina y se le iba de las manos. Con la misma velocidad con la que despachaba gente en el ring supo que, por primera vez, le iban a contar hasta diez.


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