2 sep. 2011

El Colorado ya transita por la calle Ayacucho

por Edgardo Peretti.

Muchos me preguntan por qué soy tan renuente a la presentación oficial de mis libros. Y tienen sus razones; de mis cuatro novelas, tan sólo "El faro de Lehmann” mereció exposición previa ante el público y ello porque era una gentileza de mis amigos Hugo Riberi y Mario Togni.

Es cierto que mientras esta nueva obra (“Colorado Ayacucho”, Karlovich Ediciones 2011, LA OPINION) aparece ante la consideración, uno siempre trata de contestar la pregunta de unas líneas más arriba. Por allí, siempre me gustó estar una tardecita en la sala de la Biblioteca Sarmiento mostrando un trabajo propio. Al fin y al cabo es el lugar donde pasé años inolvidables, pero también tengo a LA OPINION que es como mi casa, así que aprovecharemos este espacio para decir algunas cosas.
“Colorado Ayacucho” es una historia de amor y odios, con personajes reales (con nombres variados los malos, hay que decirlo), en medio de un escenario que juega con el tiempo y con los tiempos; del almanaque y de la vida. Que no son los mismos.

Los escenarios sí son inapelables. Todos y cada uno de ellos pueden ser corroborados, aunque en muchos casos tan sólo en la ubicación global, pues ya no son los mismos. Por caso, el viejo boliche donde se desarrollan tramos notorios y puntuales del guión existe: es el lugar que se ofrece en la portada expuesta con el talento de Gabriel Pauloni Cavadini. La chapa del mismo sitio es la única que existe en todo el recorrido de la calle que sirve de referencia al literario y está ubicada en el nacimiento de la misma. ¿Qué habrá sido de las otras? Vaya uno a saber, con tanto misterio, uno nunca sabe.

Mario Liotta fue el responsable de capturarla y mi hija Micaela es responsable del retrato de autor. Esto, y la coordinación de Laura Bonetto conforman parte de la estructura que se apoya en todos aquellos que hacen posible que uno pueda publicar.
Mi amigo Héctor Puig hizo lo suyo y el producto queda a la vista. Cada lector tendrá su forma de leerlo y juzgarlo. Nosotros, los escritores tenemos la manía de encontrarnos defectos; sería mejor que aprendamos a escuchar a los demás.
Lo que puedo decir, en la continuidad de la promoción, es que los túneles son verdaderos; existen y existieron. Y la fama de los guapos no son ajenas a las huellas y testimonios de los tiempos. El personaje central fue tan real en su paso por la vida, como tramposa su ubicación en el tiempo literario, incluso su final es fidedigno, sin excusas y sin trampas.
Mirando hacia atrás se puede divisar una cierta onda retrospectiva en el relato que se expone, no carente de sentimientos ni la credulidad por los cuentos que nos contaban de chicos. Jamás me atrevería a negarla.
Es cierto. Ya no se advierten juegos de “hoyo-pelota” en la esquina con Avellaneda, y el pavimento ha tapado mucho, pero le falta bastante para quedarse con todos los silencios. Pese a que les pese a muchos, la profundidad de la calle sigue guardando secretos y el paso seguro y firme del guapo más guapo que se haya conocido. El “Colorado”.

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