17 ago. 2011

Fui a ver Alí-Wepner. Ganó Boca.

Por Edgardo Daniel Peretti.
Fotos: Muhamad Adí y Chuck Wepner - Riquelme y Rosales

Mi amigo José Luis Pivetta, que me cuida como a un hermano, me invitó a ver Boca-Unión. Linda la propuesta. Tardecita de lluvia, a la Boca caminando y subiendo los mil escalones hasta la popular que era platea en la boletería, pero que a la hora del partido era “popu” en su más pura esencia.

Lindo el espectáculo previo. En realidad, la Bombonera es un sitio que intimida si sos visitante y te conmociona si sos local. Curiosidades del fútbol nuestro (y que nadie se haga el oso); los asistentes comunes deben soportar cinco cacheos de la policía/prefectura/marines y todo aquel que tenga uniforme. Nadie puede explicar por qué esos muchachos que ingresan con la bandera de la “12” ya estaban antes y portan encendedores, bengales, velas, y todo tipo de objetos ruidosos y de los otros.

Aún así, habrá que reconocer que siempre hay gestos para destacar: por ejemplo esos señores que comparten solidariamente un breve cigarrillo que se quema hasta el borde. Conmueve el sentido de colaboración.

El caso que me llevaron a un partido y yo, que soy muy porfiado como todo gringo que se precie, me quedé con la imagen de una pelea de box que ya había visto hace como treinta y cinco años. Seamos precisos. En 1975, se enfrentaron Muhamad Adí y Chuck Wepner. Una pelea que no era tal aunque terminó con el triunfo del morocho antes del final cuando una piña cansina lo tiró al adversario a la lona.

Bueno. Boca era Alí (o Clay, a decir de Bonavena). Todas las apuestas a favor, toda la gloria, la necesidad que gane, el ruido y hasta la magia escondida aún dentro de los pliegues de su decadente adiposidad.

Wepner era Unión. Gordo, veterano y sin posibilidades de dar vuelta una historia previa que ya estaba escrita. Boca es Alí: sapiencia, experiencia, una historia que sólo necesita marco y un presente casi de supervivencia. Pero tiene las manos rápidas como Riquelme tiene el cerebro, el cual no se condice con su aire, pero le sobra ante la ausencia de oponente. Riquelme juega con la cabeza y es más rápido que sus rivales, la pelota y la pobreza franciscana del resto.

Unión, o Wepner, tiene los kilos desordenados, los puños de algodón y la mandíbula de cristal. Alí juega un rato, y aún en su lentitud es más que Wepner. Boca juega cincuenta segundos y hace un gol. El resto sólo fue tiempo para la televisión y el remate del final – con tres goles seguidos gritados hasta el éxtasis- es parte del espectáculo que la gente ha venido a ver.

Unión es un triste partenaire que no recibe más piñas porque su rival ya no baila como mariposa y pica como un mosquito; es – apenas- una camiseta ilustre y unas ganas eternas. Nada más, aunque le sobre para este turno de lunes gris.

El resultado final es tan inevitable como previsible. Ganá Alí por KO y Unión se va sin nada, ni siquiera el fugaz festejo de un intento por vulnerar a Orión.

Pobre Unión; es una lágrima. Ni siquiera será parecido a Wepner que hasta lo tiró a Alí y se quedó con la gloria al inspirar al personaje de Rocky Balboa que aún a los sesenta sigue peleando. Rocky, no Wepner.

Boca es y será Alí. Gordo, lento y pesado, vive de sus iluminados y de su gloria que hace temblar al estadio con su aliento, casi como Apollo Creed. Pero Rocky sólo gana en el cine.

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