22 jun. 2011

Martillo, Cortázar y Ernesto.

Las manos de Roldán fueron las únicas que derribaron a Hagler (Getty Images)

-por E.D.Peretti-

Fue en una noche de marzo de 1984. Las luces de Las Vegas se encendieron para ver en acción a Marvin “Maravilla” Hagler, el campeón reinante de los medianos que quería llegar al record de Monzón, cuando el santafesino aún no era leyenda. Frente a él estaba un gringuito llegado de Córdoba, de Freyre, para ser más precisos. Se llamaba – se llama – Juan Domingo Roldán y llega precedido de una derecha terrible, de mandar a la lona a lo más pintado de esta parte del mundo y hasta de haber dejado KO a un oso en un circo de su tierra natal.
El mundo no espera demasiado del pretendiente a las coronas que acumula el rapado morocho; es más, las apuestas no lo favorecen en ninguno de los rincones de la ciudad del vicio. Pero Martillo es un tipo fuerte, de torso redondo y manos pesadas y en el primer descuido lo manda a Hagler a la lona, a buscar en el tapiz una explicación que nadie encuentra.
Allí se levanta y comienza una ofensiva terrible que termina con la pelea en sólo algunos asaltos más. Roldán tiene muchas virtudes, pero la garra no es de su patrimonio. Final para un sueño.
Fue una noche de junio de 2011. Las luces son las del club Peñarol, flor y nata de la historia básica del Villa Rosas. Es noche de boxeo, es velada para que algunos debuten, otros gocen y los puños hablen.
En el medio de la platea está el hombre. Con algunos – muchos- kilos de más, con los años lógicos a la vista y su humildad de siempre está Juan Domingo Roldán. Pero hay cosas que el tiempo no devora, como la nariz chata o la facilidad para subir al ring, aún con su circunferencia a cuestas. Es noche de boxeo, es el momento para los aplausos de los nostálgicos y el reconocimiento de muchos que no habían nacido cuando Roldán era estrella en medio de las luces artificiales de la noche de Nevada.
Pero el mundo sigue. En un costado, aparece Hugo Rufino (un peso pesado de Eustolia que supo ser campeón argentino), en el ring side Hugo Roberto Villarruel (uno de los mejores púgiles que dio la historia local), y en el rincón de la promesa, el “Torbellino”, se planta la sapiencia de Mario Demarco y Miguel Kelo Rosales.
Es noche de boxeo. Hay olor a piña que duele y a sueños que se hacen luces para la posteridad aunque no sea una arena que ve el mundo por TV. El box es sueños y sacrificios, tristezas y tristezas y, de vez en cuando, alguna alegría.
Una de las chicas que estuvo a las piñas sobre el cuadrilátero hace apenas unos minutos llega con su jean de moda y sus trenzas aún mojadas. Me dice que está seleccionada para el equipo nacional, que le gusta esto y que se gana la vida cuidando niños. ¿Quién soy yo para decirle que no me gusta el boxeo femenino? ¿Con qué derecho puedo derrumbarle esa posibilidad que tiene de salir adelante? ¿Desde cuando la voy de ladrón de ilusiones?
Por algo Mujica Lainez seguía el boxeo de cerca, por algo Julio Cortázar escribía cuentos desde el borde mismo de las cuerdas ensangrentadas y Hemingway se mamaba en el estaño entre round y round. Claro, estos ñatos dejaron cosas maravillosas y no solo porque gustaban de la actividad sino porque eran grandes.
A veces basta con mirar un poco en los alrededores y se advertirá que hay público para todos los gustos, que esto no tiene clases sociales y que hay que ser muy valiente para subirse a repartir – y recibir- piñas entre cuerdas y lona, donde ni cielo queda, siquiera, para pedir un milagro. Menos mal que uno tiene la posibilidad de ver crecer a los otros, en tiempo y calidades humanas: me alegra verlo a Marcelo Muriel ponerle sangre al esfuerzo de hacer boxeo, porque sabe mucho del tema, porque quiere lo que hace y porque es un muy buen tipo.
Amo el boxeo porque es como la vida: una de cal, otra de arena y centenares más de cal.
Porque todos saben que las luces no son de Las Vegas, porque cuando se apague el último reflector y se pierda el humo de los choripanes en la húmeda noche del Villa Rosas, las cosas volverán a ser como son siempre, porque las cenicientas no existen y el único que gestionaba milagros era el padre Corti…y el pobre gordo se fue hace rato. Y cada uno retornará a lo suyo sin oro ni brillos, sólo con el alma herida que se hará sueño una y mil veces en cada entrenamiento, en cada piña o en cada nueva noche.
Amo el boxeo.

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